Las gordas son rebeldes por naturaleza. Lo supe cuando vi lo difícil que es para un mujer bajar de peso. Rebeldes porque tienen que luchar de algún modo contra el perfil de belleza establecido, muy rígido por cierto. A cada una le importa en diferente medida, pero creo que, a diferencia de los hombres, más del 95 por ciento de las mujeres observa con especial atención, cuando no con franca sospecha, cada cambio de su cuerpo, especialmente los tildados de muy desfavorables, como por ejemplo el aumento de peso.

Una amiga publica en su página su postura en torno al significado que tiene para una mujer llegar a utilizar ropa Zara. “El gran sueño de toda gorda que se precie es ponerse ropa de Zara: eso indicará en forma contundente e irrebatible que ya no es gorda, que pertenece al mágico y ganador mundo de las flacas, las diosas que se ganan a todos los tipos, que caminan seguras con la cabeza en alto y no tiemblan ante la idea de que van a tener que quitarse las pilchas en la playa para exponer sus gordas extremidades al escarnio público” Y remata diciendo: “Ponerse ropa de Zara y otros tantos lugares termina siendo, por obra y gracia del márketing, el paradigma del éxito social”.

Deseo decir que habemos hombres que no sólo no nos llaman la atención las mujeres “flacas”, sino que de entrada tenemos un prejuicio en torno a su flaquez. Creo que en parte es mi forma de rechazar el modelo corriente de belleza, que precisamente me parece un modelo de una belleza corriente, común, vana, irreflexiva.

El pasado fin de semana, estando en un bar, se dio la oportunidad de conocer a una chica de plática inocente y actitud intrépida, como con ganas de pelea. Luego de mostrar cada uno sus cartas-credenciales, todo parecía que esa noche sería digna de una buena postal, pero algo no cuadraba del todo. Repensando el caso supe que efectivamente, lo más insípido, lo que empañaba la imagen de aquella escena impidiéndole llegar a ser un buen recuerdo, era que la tipa pesaba con toda seguridad menos de 58 kilos, por no mencionar que medía cerca de 1.68 de estatura.

Con frecuencia las flacas, especialmente las que yo llamo “mediatizadas”, prejuicio mío lo acepto, pecan de frívolas dado que la mayoría de ellas tienen conciencia de que están cercanas al modelo dictado por la sociedad y por el “márketing”. Y esa conciencia se les nota (“Uy, ¡qué gorda estoy!”, dicen como si pasar de los 48 a los 49 kilos fuera una maldición que amenazara sus vidas, de paso es una mentada de madre para la gorda que las escucha). En cambio, una chica de más de 70 ó 75 kilos, aunque esté “preocupada” por su peso, por lo general no toca abiertamente el tema, y si lo hace, habla desde un punto de vista de salud. Uno lo agradece, porque en lugar de estar hablando de modas, pesos, medidas y gimnasios, uno puede entablar un diálogo acerca de otros temas. Quizá sea un poco también que su autoestima ande un poco baja, y uno pueda hacer las veces de couch que las anima, aunque esto no siempre es así.

Las mujeres que no pertenecen al club de Claudia Schiffer (por voluntad propia o porque la naturaleza, sus hábitos o la genética las hizo así), pueden tener cualidades, características, si bien no tan pirotécnicas, sí más asentadas y fuera del alcance de las leyes del tiempo y de la gravedad. Por ello, creo ciegamente en lo siguiente:

1) No hay que estar flaca para verse atractiva, con clase o interesante. Depende del carisma, la chispa, la magia, el encanto la inteligencia, la cachondez y/o diversas combinaciones de lo anterior.

2) Las no-flacas generalmente tienen un “temperamento tropical” más consistente, más elevado. Para usar palabras del licenciado Villarreal, en una falsa pleonasmía: son más puercas.

3) Eventualmente tanto una gorda, una flaca o una de media talla puede darnos la sorpresa. En mi caso dependerá del empate de ideas, y un buen de química.

4) Cuando una chica menciona la tienda Zara, habla mucho de su peso o pregunta por la marca del automóvil de alguien, es indicio indiscutible que estoy en el lugar equivocado.

5) Es más factible que me parezca interesante una mujer que, esté como esté, no le importe o no parezca importarle mucho su peso.

6) En muchos hombres tratar de empatar la gónoda con la neurona es una tarea prácticamente inútil. La mayoría sigue un “modelo” que es el que nos hace más “química”, y en eso no hay reflexiones que quepan. Por lo pronto, convoco a todo aquellas personas que gusten a unirnos para cuestionar ese patrón de "belleza" que impone inculso gravosas medidas bulímicas que aquejan a las compañeras.

Por Gerardo Ortega